Resulta muy difícil explicar a los más pequeños la pérdida de un ser querido y es bastante frecuente que la primera muerte que se viva de cerca sea la del abuelo o la abuela. El duelo es una fase inevitable que en algunos casos se convierte en un encierro en uno mismo. Mejor no vivir (vivir sin corazón) que sufrir. Es este un modo de enfrentarse a la realidad que da como resultado un aislamiento que lo que hace es, precisamente, alejarnos de ella.
Nuestra niña protagonista ha dejado de serlo, pero el corazón continúa en el interior de la botella, protegido de todo aquello que pueda dañarla, pero también de las pequeñas cosas que nos hacen verdaderamente felices. La joven que perdió a su abuelo y se quedó sin respuestas, ahora se ve en la tesitura de responder a las preguntas. Las tornas han cambiado y de nada sirve un corazón encerrado en una botella. Pero, cuando todo parece imposible, un sencillo gesto puede hacer que las cosas cambien definitivamente y que la vida recupere su latido.
